Lo más difícil cuando intentas relatar una historia es decidir el inicio. Saber capturar exactamente ese instante dónde todo empezó. Ese momento que permitió que se desencadenaran una serie de hechos para darle forma y cuerpo a la historia. Saber capturar ese segundo en que se formó la esencia de la historia. Parece tan fácil en la literatura, en el cine, en el teatro. Siempre se abre el telón, inicia la película o se abre el libro y ahí está, esa chispa de magia capturada en el momento preciso.
Pero, ¿si quisiera escribir nuestra historia, en qué momento empezaría? ¿Escribiría la parte mágica o la parte triste? ¿Lloraría mientras lo hago o sonreiría? ¿Sentiría algo, al menos?
Al fin y al cabo, son sólo palabras, pensadas y olvidadas; sentidas y destruidas; escritas y borradas. Instantes perdidos. Y así, lentamente, me fui perdiendo a mí, como si fuera la tinta borrada, el sentimiento destruido o el pensamiento olvidado.
Tal vez, después de todo, sólo era eso. Un instante, destinado a olvidarse y esfumarse en la inmensidad del espacio. Un ser tan insignificante cuya desaparición era intrascendente.
Una luz, en un lugar alejado, solitario y abandonado, tan lejos, que nadie notó cuando la luz se extinguió. Y así fue, de repente, sin previo avisó, la luz titiló y se extinguió.

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