-Ella no es mi novia - me dijo el chico que había hablado conmigo el día anterior en la escuela. Estaba afuera de mi casa, de pie a mi buzón cuando fui a buscar correspondencia.
-Bien- le respondí indiferente. Tenía un dolor de cabeza insoportable. No podía tolerar la luz del día. Calculaba que pasaba de medio día. Quería volver a mi casa, tomar un café e ir a mi cama. Quería desaparecer como tantas otras veces atrás.
-Me llamo Luis
-Bonito nombre
-¿Y tú?
-Sophia
-Bien, ¿eh? Sabiduría - dijo como tanta otra gente antes. Volteé los ojos.
-De sabia no tengo nada.
-¿Sigues perdida?
Para cuando él había soltado la pregunta yo ya me había vuelto y caminado hacia mi casa. Pero me paralizó por completo el haberlo escuchado tan seguro.
-No es algo de tu incumbencia. Pero agradecería que dejarás de intentar hacerte el señor "Seré sociable" que no me sacarás ni una pizca de amistad o camaradería. Por favor, déjame en paz - Iba a seguir mi camino hacia dentro de la casa cuando él volvió a hablarme y se acercó a mi lado tan rápido que para cuando abrí la puerta ya tenía su mano empujándola y su boca en mi oído susurrándome algo.
-Un café por la mañana para el amigable vecino de al lado no está mal. Tal vez todo lo que necesites sea que alguien te encuentre. Pero nadie lo hará si los alejas. Además no puedo dejar que te vayas y me dejes hablando después de dar un discurso encolerizado.
Cuando terminó de decir esto se metió a mi casa, sin más. Y se dirigió a la cocina.
-¡Sal de aquí! - le grité mientras dejaba la puerta abierta a mi entrada.
-No lo haré. Espero mi café y una conversación contigo.
-Vete ahora o hablaré a la policía. Estoy segura de que esto es ilegal.
-Busco ser amigable.
-Yo no te invité a pasar.
-¿Me negarás un café? - dijo mientras me alcanzaba y cerraba la puerta. Me acorraló contra ella y puso sus labios cerca de los míos, sus manos aprisionándome, su cabeza gacha para alcanzar mi altura y su aliento entrando de lleno en mi nariz para que lo absorbiese.
-Te negaré todo - mascullé -. Ahora lárgate de aquí, que no soy otra de esas chicas a las que vayas a salvar dándole amor. O sexo, o lo que sea. Déjame en paz y ve a tu casa.
-No
-¡Suéltame!- le escupí en un chillido.
-Insisto en tomar un café contigo.
-Suéltame - mascullaba.
-El café.
-¿Si te doy el café te irás y me dejarás en paz?
-Quiero una conversación contigo.
La posición en la que me aprisionaba me hacía querer besarlo y desvestirlo, volverlo mío para aliviar la rabia. Que me tocara y me poseyera por un instante, que creyera que era mi salvador cuando lo único que hacía era mover su pelvis frenéticamente. Pero no podía, no con él. Vivía enfrente y lo seguiría viendo. Y no quería que al estar con él, creyera que significaba algo más.
-Tienes hasta que te termines el café y me ahorro el hablar de cosas que no quiero.
-Gracias - dijo mientras me soltaba y me acompañaba a prepararlo.
Cuando todo estuvo listo nos sentamos en la barra de desayuno, el uno frente al otro. Yo movía rápidamente los dedos sobre la superficie mientras que mis uñas resonaban. Él parecía disfrutar de verdad el café, aunque daba sorbos demasiado pequeños. Yo quería bajarme la migraña.
-¿Por qué no quieres compañía? - soltó de repente
-He tenido suficiente compañía como para una vida. De más maneras que la mayoría de la gente y con relaciones más complejas que las de muchos. Estoy bien. Estoy harta del bullicio que traen las personas. Quiero estar sola.
-¿Y qué mejor que un nuevo comienzo?
-Todo iba bien.
-Déjame estar contigo. Vivimos cruzando la calle.
-Que no
-¿Por qué?
-Porque no quiero relaciones. Las relaciones te hacen dependiente, y estoy bien sin tener dependencia a nadie. Manteniendo eso al mínimo.
-¿Por?
-Odio que me interroguen.
-¿No quieres que te vuelva a hablar?
-Preferiría que no - dije al dar el último sorbo a mi café y llevarlo al lava trastes.
-Bueno, yo prefiero hablarte.
-Tu tiempo se acaba - le dije al mirar su taza de café.
-Piénsalo. Todas las personas de vez en cuando necesitan compañía. Prometo no mantenerte dependiente de mí. Ni viceversa. Sólo quiero conocerte, quiero saber si puedo ayudar - su tono parecía sincero-. ¿Tienes celular?
-Odio esos aparatos. Te hacen dependiente de las personas que los conocen. Pueden estar enlazados contigo en cuanto quieran.
-¿Y si algo te pasa?
- Me pasará. Un teléfono no lo evitará.
Guardamos silencio. Luis tomó un sorbo más de su café pero cuidó guardar lo suficiente para otro trago.
-¿Quién era la chica que te celaba el otro día? - dije mientras esperaba a su sorbo final.
-Valeria
-¿Huh?
-Es una ex novia. Ahora somos amigos.
-Eso no existe. La quieres por el sexo.
-No. Sólo no funcionó.
-Entonces ella aún te quiere. Te estaba celando.
-Intenta cuidarme.
-¿De qué?
-De que vuelva a caer en viejos vicios.
-Siguen juntos, entonces, de alguna manera.
-Lo sé.
-¿Y tú lo quieres así?
-Por el momento. Creo que ella me salvó.
-¿E intentas salvarme ahora tú a mí?
Él tomó el último sorbo de su café y yo retiré la taza en el acto. Entendió lo que la acción significaba: Su tiempo se había acabado.
-Me gustaría poder regresarte, que ya no estés perdida.
-Lo siento. Hace años que dejé atrás cualquier sendero que alguien pudiese tomar para regresarme.
-Pero si tú llegaste hasta ahí, ¿alguien más puede ir por ti, no?
-Tú tiempo se acabo.
-Sólo responde eso.
-No te va a gustar la caída libre. Ni el desecho que encontrarás al encontrarme, ni el olor a putrefacción, ni nada de lo que verás. Evítalo. Que cualquier cosa que pudieses hacer por mí, es en vano. Sólo déjame, es todo lo que necesito.
Lo conduje a la salida y justo cuando iba a cerrar la puerta tras él se volteó, sonrió y me dijo:
-Vivo cruzando la calle. Puedes ir y tocar la puerta. No importa si yo debo caer, ya aprendí a salir de los precipicios más oscuros. Así que puedo intentarlo. Piénsalo. Y aunque no quieras, ve a visitarme de vez en cuando o yo vendré.
-Adiós - le dije y cerré. No quería volver a pasar por ese teatro. Encontrar a "un salvador", aferrarme a él sólo para descubrir que me dejaría caer de una altura mucho mayor a la anterior para romperme más. No quería ser salvada. Estaba bien en el hoyo de miseria en donde me encontraba.
Por la noche tocó a mi puerta, de nuevo.
-¿Y tus padres? -le pregunté.
-Están fuera este fin de semana.
-¿Y tus fiestas famosas?
-Te mentí.
-Lo sabía.
-¿Puedo pasar?
-No.
-Un momento, nada más.
-¿Para qué?
Él se quedó meditando.
-Quiero hablar contigo.
-Ya habíamos hablado.
-Sigo sin saber mucho de ti.
-Pues, qué bien. Así estamos mejor.
Luis era un ser difícil. No se rendía a la primera negativa. No quería contarle nada, pero tampoco quería decirle que se fuera. Me faltaban fuerzas, y prefería estar ahí sin hacer nada. Esperar a que él se fuera.
-¿Sophie? - dijo él esperando a que le contestara algo.
-No te voy a contar nada. No entiendo ni qué quieres saber de mí, ni porqué debería de confiártelo. Es simple. No necesito compañía si es que estás conmigo por el hecho de que sientas compasión o que necesito que alguien me explique como están las cosas en este lugar o que quiera compañía o lo que sea que pienses. Estoy bien sola. Ahora, largo.
Abrí la puerta de mi casa y le señalé la salida.
-Por favor
-¿Qué? ¿Por favor qué? - le grité.
-¿Por qué no quieres que te conozca? ¿Por qué te guardas a ti y no quieres conocer a nadie?
-Porque no vine aquí a hacer amigos, sino a rehacer mi vida. Y lo último que necesito para que mi vida vaya bien son nuevas personas. Que sí, al inicio todo muy chulo y tal. Todos te apoyan, todos son buenas personas, las mejores en el mundo, nunca te defraudarán, a todos los admiras y no te importan sus defectos, quieres seguirlos. El problema es cuando te pierdes y no hay vuelta atrás. ¿Y sabes? Ya pase por eso y no quiero recaer. Así que vete.
-No te dejaré perderte, quiero que te encuentres.
-Entonces, vete. Anda, da media vuelta y vete. Ve a buscarme allá afuera, cruza todas las fronteras, rompe todos los espejos y dime cuando me encuentres. Y entonces, sólo entonces, cuando hayas encontrado todos los pedazos de mí que he perdido puedes volver y hablar conmigo. Entonces te daré respuestas completas.
-No puedo salir al mundo, Sophie, buscando algo que ni siquiera sé qué es. No puedo ir y esperar que aparezcas por ahí, perdida y corras a mis brazos y me digas "Aquí estoy, llévame a casa". Eso no sucederá, dime qué tengo que buscar y entonces iré hasta los confines del mundo a encontrarlo.
-No
-¿Por qué no? - alzó la voz irritado.
-Porque no te corresponde esa búsqueda. Es mía y sólo mía. Entiende eso.
-¿Entonces por qué me mandas a hacerla?
-Quiero que entiendas que ni yo misma sé por dónde iniciar la búsqueda, que no puedes ayudar, que lo que sea que tenga que hacer para comenzar de cero y encontrarme es cosa enteramente mía, que lo que necesito no es compañía sino soledad.
-A todos nos viene bien alguien a nuestro lado.
-No te quiero dentro de mi casa.
Él salió, pero antes de que pudiera cerrar la puerta me detuvo y me dijo: Ven.
-¿A dónde?
-Tú sígueme, trae un abrigo.
Dudé un instante. Me quedé al marco de la puerta. Y después, justo cuando iba a ceder vino a mí un recuerdo.
-Soph, ven - había dicho él.-¿A dónde vamos? -No importa, tú ven.Habíamos estado bebiendo mucho esa noche, había vomitado tres veces: una por el mareo y dos porque debía aprovechar la oportunidad. Decidí que seguir a Daniel era lo mejor. No quería estar sola.En cuanto llegamos a un hotel, entramos, pidió un cuarto y la recepcionista dudó si dárselo por su edad. Después de un par de minutos accedió. Nos fuimos al cuarto, bebimos un poco más y el alcohol se me subió hasta la cabeza por la falta de comida. Recuerdo haber ido a vomitar un par de veces más, recuerdo ligeramente el sexo de esa noche. Recuerdo las cachetadas y la sangre en la alfombra después del último viaje al baño a vomitar. Recuerdo su ira ciega y su voz diciendo "Puta cerda, ni delgada puedes estar; pero te pasas los días vomitando, deja de comer mejor" y luego, sus manos tomando mi cabello, tirando de él, y poniéndome contra la pared mientras me volvía a penetrar.
-No quiero - le susurré con un poco de terror. Mi mente seguía perdida en el recuerdo.
-Sophie, por favor.
-¿A dónde vamos?
-Vamos a platicar y a tomar algo.
-No quiero hablar contigo de mí.
-No, pero yo te voy a hablar de mí.
-Tampoco quiero conocerte.
-Pero yo quiero que me conozcas, ahora ven - Su mirada era seria, no iba a aceptar una negativa tan fácilmente.
Suspiré, entré a la casa y tomé el primer suéter que encontré. Bajé las escaleras, me vi en el espejo y aunque no me gustaba lo que veía, salí. Parecía un cadáver, de nuevo. Había pasado la noche fuera, teniendo sexo y toda la mañana jodiéndome un poco más a mí misma. Igual y un poco de aire fresco me serviría.
-¿Vas a preguntar algo? - dijo en cuanto salí.
-No
-¿Enserio no quieres saber nada de nada?
-Nada
-Bueno, esto es más difícil de lo que creía. Pero quiero ayudarte, de verdad. No por compasión o lástima o porque sienta que necesitas compañía, no es nada de eso. Quiero hacerlo, así de simple.
>>Y aunque no lo creas, yo igual estuve perdido. Mucho tiempo, y siempre quise a alguien a mi lado pero jamás supe pedir ayuda. Cuando alguien llegó decidí alejarla. Pero creo que fue lo peor que pude hacer, y me frustré y me sentía decepcionado de mí y del lugar en que estaba parado, pero después de todo, ¿así son las cosas, no? Llegas a tu casa y piensas "Oh, puedo fingir que es un accidente, claro está, estaba distraído - como siempre- y me corté demás mientras me afeitaba, nadie se preocupará de más".
>>Pero la realidad no es así. La gente no se da cuenta mientras existen los problemas. Pero si se dan cuenta cuando no pueden remediarlo. ¿Y de qué importa todo eso? ¿Acaso algo importa? Si hubiese sucedido, tarde o temprano hubieran tenido que superarlo, todos siempre lo dicen. Pasa algo, una tragedia, y de momento todos te brindan apoyo, te dicen que están para lo que se necesite, por si necesitas ayuda, algo. Pero si el dolor dura demasiado, más de lo socialmente aceptado entonces te dicen que debes superarlo, que no es nada, que sigas con tu vida. Y tarde o temprano, te lo crees y lo superas, y lo que un día era todo se convierte en nada. ¿No es así?
Asentí.
Él entendía el concepto. Habíamos estado caminando por las casas hasta llegar a un parque iluminado por cientos de faroles y nos sentamos bajo una banca.
No sabía si esperaba que yo continuara con algo o él iba a seguir, bajé la mirada.
-Nadie debería sentirse así jamás.
-¿Así cómo? - le pregunté.
-Como si no fuera suficiente. No sólo para alguien más, eso se puede superar. Pero sentir que no eres lo suficiente para ti, que todo pierde sentido, bueno, si te odias a ti, ¿qué haces entonces?
-Desaparecer.
-¿Pero si desapareces entonces qué queda?
-Nada
-¿Y entonces de qué sirve que hayas desaparecido? Tú eras el que no se soportaba. Tú querías eliminarte para ser feliz.
-Pero si desapareces no queda nada. Ni la parte que querías desaparecer, ni la parte que quería disfrutar. Las dos se van, no están separadas. No se puede ir una y quedarse la otra a disfrutar.
-No desaparece una. O te acostumbras a vivir soportando a esa parte que odias de ti. O a desaparecer y jamás volver a sentir nada. ¿Pero no es peor no sentir nada a sentir algo?
-El problema es que piensas demasiado si deberías o no desaparecer. Porque está bien no sentir nada, no hay preocupaciones, pero lo que quieres es pasar un momento de alegría antes de no sentir nada nunca más.
-Me entiendes.
-Quisiera no entenderte, en serio.
-Yo quisiera lo mismo. No estar solo en esto. Quiero que no me entiendas, quiero que ni siquiera a mí se me pase esto por la cabeza.
-¿Y tú qué hiciste?
-Decidí que si nada importaba, entonces no debía preocuparme por nada.
Empecé a reír.
-Dicho así suena tan fácil.
-Pero fue más difícil de lo que crees.
-¿Por?
-Aún no puedo evitar sobre preocuparme por muchas cosas. Sólo estoy aprendiendo a discernir entre lo que importa y lo que no. Y que muchas de las cosas que importan, ¿sabes? Yo no puedo hacer nada para modificarlas. Tengo mis recaídas, es obvio.
-¿Y entonces qué haces con la navaja de afeitar?
-La tiro al bote de basura.
-Debes gastar mucho en cuchillas para afeitar.
-Cada vez es menos.
Nos quedamos en silencio un largo rato. No sabía que decirle, él notó que tenía un poco de frío y me invitó a recargarme en su hombro. Pasó su brazo alrededor de mí en un abrazo y me acurruqué. Se sentía bien. Estaba acostumbrada a estar en los brazos de los hombres, pero no de esta manera, sin tener que pensar en sexo.
-¿Por qué te mudaste sola? - preguntó
-Mis padres creyeron que sería lo mejor. Yo igual lo pienso.
-¿Dejarte sola para enfrentar esto?
-¿Lo enfrentaste tú con tu familia?
-No
-Ahí tienes tu respuesta. Ellos no lograron hacerme hablar de nada, no con ellos. Y el estilo de vida que ambos llevaban era menos provechoso para mí que otra cosa. Además decidieron que el hecho de tener que vivir sola me haría responsabilizarme. Ya había estado suficientemente en un lugar ajetreado, refugiada en la irresponsabilidad y eso. Necesitaba calma y volverme consciente de mis acciones, tomar las riendas de mi vida. Algo que no iba a hacer con ellos.
-Tiene algo de sentido. ¿Pero qué les hizo creer que estando sola e inestable lograrías llegar a alguna parte?
-¡Oye! -refunfuñé
-Lo estás, todos lo estamos. En mayor o menor medida.
-Pues eso. Todos lo estamos.
Él me dirigió una mirada severa.
-Vale. Estoy sola e inestable, perdida y lloriqueando, destrozada y todo lo que quieras. Pero soy demasiado inteligente como para perderme por completo. Una vez que ellos notaron que algo iba mal, que intentaron que cambiara, que se preguntaron que iba mal y esas cosas... Bueno, evité terapias y momentos incómodos, les dije que tenía una solución, hablé las cosas claras y les prometí resultados. Ellos supervisaran cada cierto tiempo qué tal voy. Si les parece que algo va mal regresaré a los psiquiátricos. Pero como los odio mucho, o buscaré cómo ocultarlo por completo o me reformaré por mí misma. Y vamos, no es que yo no supiera que algo estaba mal. Sólo no tenía una razón de porqué detenerme. Es todo.
-Si lo dices así, suena fácil.
Ambos nos reímos. No hablamos de nada más esa noche. Regresamos caminando. El pueblo era pequeño y no había tanto peligro como en una gran ciudad, no era como si tuviera miedo en una gran ciudad de cualquier manera.
Al llegar, él me tomó de la mano y caminamos por la acera del lado de su casa.
Estábamos al marco de la puerta y le dije que debía regresar a mi casa.
-¿Por qué no pasas?
-¿Para qué?
-Porque no quieres que entre a tu casa y yo quiero seguir platicando contigo. Ambas casas están solas.
Su insinuación del final me asustó un poco, pero la dejé pasar. Me sentía rara, estábamos demasiado cerca, de frente, tomados de las manos, su aliento en mi rostro.
-Decide qué casa prefieres - me dijo.
-La que sea.
Entonces, él me acercó a su cuerpo, abrió la puerta y al entrar dejé que me embriagara el olor a él que despedía todo su hogar. Me tiró en el sillón y se puso encima de mí, por un instante sólo escuché el sonido de nuestros jadeos, tenía una mano apoyándola en el sillón y la otra sobre mi cintura, había alzado la playera que llevaba y sentía el tacto de su piel en la mía. Sentía su aliento en mi rostro y no podía desviar la mirada de sus ojos. Esos ojos profundos.
-¿Para qué?
Él se quedó meditando.
-Quiero hablar contigo.
-Ya habíamos hablado.
-Sigo sin saber mucho de ti.
-Pues, qué bien. Así estamos mejor.
Luis era un ser difícil. No se rendía a la primera negativa. No quería contarle nada, pero tampoco quería decirle que se fuera. Me faltaban fuerzas, y prefería estar ahí sin hacer nada. Esperar a que él se fuera.
-¿Sophie? - dijo él esperando a que le contestara algo.
-No te voy a contar nada. No entiendo ni qué quieres saber de mí, ni porqué debería de confiártelo. Es simple. No necesito compañía si es que estás conmigo por el hecho de que sientas compasión o que necesito que alguien me explique como están las cosas en este lugar o que quiera compañía o lo que sea que pienses. Estoy bien sola. Ahora, largo.
Abrí la puerta de mi casa y le señalé la salida.
-Por favor
-¿Qué? ¿Por favor qué? - le grité.
-¿Por qué no quieres que te conozca? ¿Por qué te guardas a ti y no quieres conocer a nadie?
-Porque no vine aquí a hacer amigos, sino a rehacer mi vida. Y lo último que necesito para que mi vida vaya bien son nuevas personas. Que sí, al inicio todo muy chulo y tal. Todos te apoyan, todos son buenas personas, las mejores en el mundo, nunca te defraudarán, a todos los admiras y no te importan sus defectos, quieres seguirlos. El problema es cuando te pierdes y no hay vuelta atrás. ¿Y sabes? Ya pase por eso y no quiero recaer. Así que vete.
-No te dejaré perderte, quiero que te encuentres.
-Entonces, vete. Anda, da media vuelta y vete. Ve a buscarme allá afuera, cruza todas las fronteras, rompe todos los espejos y dime cuando me encuentres. Y entonces, sólo entonces, cuando hayas encontrado todos los pedazos de mí que he perdido puedes volver y hablar conmigo. Entonces te daré respuestas completas.
-No puedo salir al mundo, Sophie, buscando algo que ni siquiera sé qué es. No puedo ir y esperar que aparezcas por ahí, perdida y corras a mis brazos y me digas "Aquí estoy, llévame a casa". Eso no sucederá, dime qué tengo que buscar y entonces iré hasta los confines del mundo a encontrarlo.
-No
-¿Por qué no? - alzó la voz irritado.
-Porque no te corresponde esa búsqueda. Es mía y sólo mía. Entiende eso.
-¿Entonces por qué me mandas a hacerla?
-Quiero que entiendas que ni yo misma sé por dónde iniciar la búsqueda, que no puedes ayudar, que lo que sea que tenga que hacer para comenzar de cero y encontrarme es cosa enteramente mía, que lo que necesito no es compañía sino soledad.
-A todos nos viene bien alguien a nuestro lado.
-No te quiero dentro de mi casa.
Él salió, pero antes de que pudiera cerrar la puerta me detuvo y me dijo: Ven.
-¿A dónde?
-Tú sígueme, trae un abrigo.
Dudé un instante. Me quedé al marco de la puerta. Y después, justo cuando iba a ceder vino a mí un recuerdo.
-Soph, ven - había dicho él.-¿A dónde vamos? -No importa, tú ven.Habíamos estado bebiendo mucho esa noche, había vomitado tres veces: una por el mareo y dos porque debía aprovechar la oportunidad. Decidí que seguir a Daniel era lo mejor. No quería estar sola.En cuanto llegamos a un hotel, entramos, pidió un cuarto y la recepcionista dudó si dárselo por su edad. Después de un par de minutos accedió. Nos fuimos al cuarto, bebimos un poco más y el alcohol se me subió hasta la cabeza por la falta de comida. Recuerdo haber ido a vomitar un par de veces más, recuerdo ligeramente el sexo de esa noche. Recuerdo las cachetadas y la sangre en la alfombra después del último viaje al baño a vomitar. Recuerdo su ira ciega y su voz diciendo "Puta cerda, ni delgada puedes estar; pero te pasas los días vomitando, deja de comer mejor" y luego, sus manos tomando mi cabello, tirando de él, y poniéndome contra la pared mientras me volvía a penetrar.
-No quiero - le susurré con un poco de terror. Mi mente seguía perdida en el recuerdo.
-Sophie, por favor.
-¿A dónde vamos?
-Vamos a platicar y a tomar algo.
-No quiero hablar contigo de mí.
-No, pero yo te voy a hablar de mí.
-Tampoco quiero conocerte.
-Pero yo quiero que me conozcas, ahora ven - Su mirada era seria, no iba a aceptar una negativa tan fácilmente.
Suspiré, entré a la casa y tomé el primer suéter que encontré. Bajé las escaleras, me vi en el espejo y aunque no me gustaba lo que veía, salí. Parecía un cadáver, de nuevo. Había pasado la noche fuera, teniendo sexo y toda la mañana jodiéndome un poco más a mí misma. Igual y un poco de aire fresco me serviría.
-¿Vas a preguntar algo? - dijo en cuanto salí.
-No
-¿Enserio no quieres saber nada de nada?
-Nada
-Bueno, esto es más difícil de lo que creía. Pero quiero ayudarte, de verdad. No por compasión o lástima o porque sienta que necesitas compañía, no es nada de eso. Quiero hacerlo, así de simple.
>>Y aunque no lo creas, yo igual estuve perdido. Mucho tiempo, y siempre quise a alguien a mi lado pero jamás supe pedir ayuda. Cuando alguien llegó decidí alejarla. Pero creo que fue lo peor que pude hacer, y me frustré y me sentía decepcionado de mí y del lugar en que estaba parado, pero después de todo, ¿así son las cosas, no? Llegas a tu casa y piensas "Oh, puedo fingir que es un accidente, claro está, estaba distraído - como siempre- y me corté demás mientras me afeitaba, nadie se preocupará de más".
>>Pero la realidad no es así. La gente no se da cuenta mientras existen los problemas. Pero si se dan cuenta cuando no pueden remediarlo. ¿Y de qué importa todo eso? ¿Acaso algo importa? Si hubiese sucedido, tarde o temprano hubieran tenido que superarlo, todos siempre lo dicen. Pasa algo, una tragedia, y de momento todos te brindan apoyo, te dicen que están para lo que se necesite, por si necesitas ayuda, algo. Pero si el dolor dura demasiado, más de lo socialmente aceptado entonces te dicen que debes superarlo, que no es nada, que sigas con tu vida. Y tarde o temprano, te lo crees y lo superas, y lo que un día era todo se convierte en nada. ¿No es así?
Asentí.
Él entendía el concepto. Habíamos estado caminando por las casas hasta llegar a un parque iluminado por cientos de faroles y nos sentamos bajo una banca.
No sabía si esperaba que yo continuara con algo o él iba a seguir, bajé la mirada.
-Nadie debería sentirse así jamás.
-¿Así cómo? - le pregunté.
-Como si no fuera suficiente. No sólo para alguien más, eso se puede superar. Pero sentir que no eres lo suficiente para ti, que todo pierde sentido, bueno, si te odias a ti, ¿qué haces entonces?
-Desaparecer.
-¿Pero si desapareces entonces qué queda?
-Nada
-¿Y entonces de qué sirve que hayas desaparecido? Tú eras el que no se soportaba. Tú querías eliminarte para ser feliz.
-Pero si desapareces no queda nada. Ni la parte que querías desaparecer, ni la parte que quería disfrutar. Las dos se van, no están separadas. No se puede ir una y quedarse la otra a disfrutar.
-No desaparece una. O te acostumbras a vivir soportando a esa parte que odias de ti. O a desaparecer y jamás volver a sentir nada. ¿Pero no es peor no sentir nada a sentir algo?
-El problema es que piensas demasiado si deberías o no desaparecer. Porque está bien no sentir nada, no hay preocupaciones, pero lo que quieres es pasar un momento de alegría antes de no sentir nada nunca más.
-Me entiendes.
-Quisiera no entenderte, en serio.
-Yo quisiera lo mismo. No estar solo en esto. Quiero que no me entiendas, quiero que ni siquiera a mí se me pase esto por la cabeza.
-¿Y tú qué hiciste?
-Decidí que si nada importaba, entonces no debía preocuparme por nada.
Empecé a reír.
-Dicho así suena tan fácil.
-Pero fue más difícil de lo que crees.
-¿Por?
-Aún no puedo evitar sobre preocuparme por muchas cosas. Sólo estoy aprendiendo a discernir entre lo que importa y lo que no. Y que muchas de las cosas que importan, ¿sabes? Yo no puedo hacer nada para modificarlas. Tengo mis recaídas, es obvio.
-¿Y entonces qué haces con la navaja de afeitar?
-La tiro al bote de basura.
-Debes gastar mucho en cuchillas para afeitar.
-Cada vez es menos.
Nos quedamos en silencio un largo rato. No sabía que decirle, él notó que tenía un poco de frío y me invitó a recargarme en su hombro. Pasó su brazo alrededor de mí en un abrazo y me acurruqué. Se sentía bien. Estaba acostumbrada a estar en los brazos de los hombres, pero no de esta manera, sin tener que pensar en sexo.
-¿Por qué te mudaste sola? - preguntó
-Mis padres creyeron que sería lo mejor. Yo igual lo pienso.
-¿Dejarte sola para enfrentar esto?
-¿Lo enfrentaste tú con tu familia?
-No
-Ahí tienes tu respuesta. Ellos no lograron hacerme hablar de nada, no con ellos. Y el estilo de vida que ambos llevaban era menos provechoso para mí que otra cosa. Además decidieron que el hecho de tener que vivir sola me haría responsabilizarme. Ya había estado suficientemente en un lugar ajetreado, refugiada en la irresponsabilidad y eso. Necesitaba calma y volverme consciente de mis acciones, tomar las riendas de mi vida. Algo que no iba a hacer con ellos.
-Tiene algo de sentido. ¿Pero qué les hizo creer que estando sola e inestable lograrías llegar a alguna parte?
-¡Oye! -refunfuñé
-Lo estás, todos lo estamos. En mayor o menor medida.
-Pues eso. Todos lo estamos.
Él me dirigió una mirada severa.
-Vale. Estoy sola e inestable, perdida y lloriqueando, destrozada y todo lo que quieras. Pero soy demasiado inteligente como para perderme por completo. Una vez que ellos notaron que algo iba mal, que intentaron que cambiara, que se preguntaron que iba mal y esas cosas... Bueno, evité terapias y momentos incómodos, les dije que tenía una solución, hablé las cosas claras y les prometí resultados. Ellos supervisaran cada cierto tiempo qué tal voy. Si les parece que algo va mal regresaré a los psiquiátricos. Pero como los odio mucho, o buscaré cómo ocultarlo por completo o me reformaré por mí misma. Y vamos, no es que yo no supiera que algo estaba mal. Sólo no tenía una razón de porqué detenerme. Es todo.
-Si lo dices así, suena fácil.
Ambos nos reímos. No hablamos de nada más esa noche. Regresamos caminando. El pueblo era pequeño y no había tanto peligro como en una gran ciudad, no era como si tuviera miedo en una gran ciudad de cualquier manera.
Al llegar, él me tomó de la mano y caminamos por la acera del lado de su casa.
Estábamos al marco de la puerta y le dije que debía regresar a mi casa.
-¿Por qué no pasas?
-¿Para qué?
-Porque no quieres que entre a tu casa y yo quiero seguir platicando contigo. Ambas casas están solas.
Su insinuación del final me asustó un poco, pero la dejé pasar. Me sentía rara, estábamos demasiado cerca, de frente, tomados de las manos, su aliento en mi rostro.
-Decide qué casa prefieres - me dijo.
-La que sea.
Entonces, él me acercó a su cuerpo, abrió la puerta y al entrar dejé que me embriagara el olor a él que despedía todo su hogar. Me tiró en el sillón y se puso encima de mí, por un instante sólo escuché el sonido de nuestros jadeos, tenía una mano apoyándola en el sillón y la otra sobre mi cintura, había alzado la playera que llevaba y sentía el tacto de su piel en la mía. Sentía su aliento en mi rostro y no podía desviar la mirada de sus ojos. Esos ojos profundos.